1. Espesura

Tomo prestado el título de Marie- Hélène Brousse[1]: “La imagen es una paloma muerta en el fondo de un tacho de basura. ¿Cómo esta imagen se hizo destino para un sujeto?” – se pregunta.

 

La cuestión nos reenvía de la problemática actual del imperio de las imágenes a la cuestión del Una-imagen, y su imperio. Una imagen, y su singular pregnancia que hace destino para alguien; un sujeto, un parlêtre.

 

Una-imagen, S1. Ella sola, momento de encuentro y de eclipse, afánisis –lo llama Lacan- siempre contingente.

 

Se trata de un encuentro con aquello que la imagen porta de irrepresentable, de real, y con el goce que ella vehicula. Si hay un quid del asunto es el goce en juego, un goce que no se reduce al ámbito escópico que vehicula la imagen como tal; en la medida en que toca el cuerpo es siempre corte. Cuando se trata de esa una-imagen ella divide, atraviesa al sujeto, lo reenvía a su primigenia inermidad, y por esa razón es en torno a ella que construye su defensa, su fantasma. Miller la llama “imagen reina”. Sin embargo ella reina por, y en, su espesura. Es, por definición, una paloma que no vuela. No obstante, una paloma mensajera, de un real.

 

  1. Literr-a-tura

Recientemente me encontré con un relato de Mariana Enriquez, autora argentina. Se trata del cuento titulado Donde estás corazón [2].

 

Tengo tres recuerdos de él, pero uno de ellos puede ser falso. El orden es arbitrario.”- comienza el relato. Se trata del encuentro de una niña, en casa de sus amiguitas de infancia, con la imagen de un hombre enfermo (presumiblemente el padre de la amiga), desnudo, herido:

“…está sentado en un sillón, completamente desnudo, sobre una toalla, mirando la televisión (…) El pene descansa entre una mata de pelo negro y la cicatriz que le atraviesa el pelo es de un rosado oscuro.” Los otros dos “recuerdos” son variaciones sobre el mismo tema, excepto en un punto; ambos portan la significación de seducción: “me mira de cerca”/ “me sonríe de cerca, el rostro casi pegado al mío”.

 

“En el recuerdo me siento desnuda y tímida”, señala la protagonista del relato, y agrega: “no sé si es real (…) pude haberlo inventado, aunque reconozco esa sensación de timidez y vulnerabilidad que con frecuencia se repite en mis sueños.”

Hasta aquí el relato parece ilustrar clásicamente el próton pseudos de la histeria, “común”. Nada nuevo, nada “epocal”. Excepto un dato: el padre yaciente, herido, el pene desfallecido sobre un fondo peludo, enmarcado por una cicatriz.

 

Un segundo momento narra el encuentro de la protagonista (ya en la adolescencia), con una imagen “literaria” que re-significa este primer encuentro de la infancia con esa imagen del hombre herido que condensa un-goce. Se trata de un pasaje de Jane Eyre, en el que Jane acompaña a su amiga Helene moribunda y tísica, yaciente. “Durante todo ese verano –relata la protagonista- la imaginé (…) Helen, tísica y moribunda, tan hermosa, moría mientras yo la tomaba de la mano.” Aledaño a este encuentro “literario” está el siguiente: el hermano de una compañera de colegio está muriendo a causa de un tumor inoperable entre el corazón y los pulmones. La protagonista del relato recuerda visitarlo en su lecho mortal.

 

De ahí en más sobrevino para la protagonista del relato, en este orden:

  1. a) Una compulsiva indagación en los libros de medicina, particularmente para indagar en éstos patologías del corazón.
  2. b) El hallazgo en una librería médica de un CD que reproducía ruidos cardíacos, en cuya escucha se complacía y masturbaba hasta producirse heridas en el clítoris.
  3. c) El encuentro (virtual) de un sitio en internet, protegida por el anonimato, donde otros fetichistas de los latidos cardíacos compartían sus corazones. El texto describe así el goce en juego: A oscuras, con los auriculares y los corazones, esa era mi vida, nunca más sexo con personas. ¡Para qué!
  4. d) El encuentro –real- con uno de los “anónimos” fetichistas asiduos a ese chat. Pronto ambos abandonamos la vida virtual, y nos encerramos en mi habitación, con una grabadora, un estetoscopio, medicamentos y sustancias que ayudaban a cambiar su ritmo cardíaco. Los dos sabíamos cuál podía ser el final, y no nos importaba.

 

  1. ¿Dónde estás, corazón?

“¿Dónde estás corazón?, no oigo tu palpitar/ es tan grande el dolor que no puedo llorar. / Yo quisiera llorar y no tengo más llanto/ la quería yo tanto y se fue para no retornar.

 

Yo la quería con toda el alma como se quiere sólo una vez, / pero el destino cruel y sangriento quiso dejarme sin su querer.

 

Sólo la muerte arrancar podía aquel idilio de tierno amor; / y una mañana de crudo invierno entre mis brazos se me murió.”

 

Ciertamente el cuento de Mariana Enríquez dista mucho de la historia que resuena en aquel tango[3] que canta el dolor ante la pérdida de un amor arrebatado por la muerte, y que su título evoca. Sin embargo no hay en él ni amor, ni duelo, ni idilio. El corazón no es allí una metáfora del amor, su “sede” imaginarizada, sino sencillamente un órgano a auscultar hasta las últimas consecuencias, y siempre habrá alguno. Si el título del relato me llamó la atención fue justamente por la indiferencia que hace patente su falta de acento; un “donde” sin destino, sin destinatario, y sin lugar.

 

  1. Patologías del corazón”

Recorto ese significante que condensa lo real en juego, cuando se trata del poder invocante de una imagen desprovista de un mínimo y necesario marco simbólico. Se trata de un goce salvaje y des-variado, mortífero. Librado a la desnuda voracidad del súper yo.

¿Qué destino y qué destina hoy la transferencia, y el encuentro con un analista a los sujetos aquejados de estas nuevas patologías del corazón?

¿Cómo ponemos en juego, en cada encuentro y en cada caso, el peso de ese “aquí” y ese “a-hora” donde pueda tener lugar un encuentro inédito, no sin corazón, ni sin destinatario?

En suma, un encuentro que no sea in-diferente.

 

[1] BROUSSE, Marie-Hélêne, en Posición sexual y fin de análisis; Bs. As. Tres Haches, 2003

[2] ENRIQUEZ, Mariana, en Los peligros de fumar en la cama; Lima, Santuario, 2015

[3] ¿Dónde estás, corazón? Luis Martínez Serrano / Augusto Berto 1930